Festival Xplore Berlín, dentro de la propuesta “Mining for Meanings”, en colaboración con Micha Stella
25 de julio de 2025 – Malzfabrik, Berlín

Fotografías de grupo de @ufo_logik

Performance ritual ecofeminista y decolonial 

La performance ritual ecofeminista y decolonial constituye una práctica estética y política que reactiva el cuerpo como territorio de memoria, resistencia y regeneración. Lejos de concebir la performance como mera representación, este enfoque la entiende como acto transmutador que restituye vínculos entre cuerpo, comunidad y tierra, interrumpidos por la modernidad colonial. Desde la antropología del ritual, pensadores como Victor Turner señalaron que el ritual refleja el orden social y crea espacios liminales donde es posible imaginar y encarnar nuevas formas de existencia. En este umbral, la performance ritual deviene un dispositivo de transición civilizatoria.

Las perspectivas ecofeministas han denunciado la continuidad entre la explotación de la naturaleza y la subordinación de los cuerpos feminizados, proponiendo una ética de interdependencia y cuidado, como plantea Donna Haraway en su llamada a “rehacer parentescos” más allá del antropocentrismo. A su vez, el pensamiento decolonial, representado por autoras como María Lugones o Silvia Rivera Cusicanqui, subraya la necesidad de desmantelar las jerarquías ontológicas heredadas del colonialismo, recuperando saberes encarnados, territoriales y comunitarios. En este cruce, la performance ritual ecofeminista y decolonial se configura como una práctica de reexistencia: un acto simbólico y material que no solo denuncia las violencias del presente, sino que invoca y ensaya modos de vida más justos, sensibles y sostenibles.

Invocamos, en Berlín, algunos de los mil nombres locales de la Diosa, los que aún resuenan bajo el asfalto (de la mitología nórdica y germánica): Freyja, Nerthus, Idunn, Frigg...

Durante tres días y tres noches dejamos que el cuerpo buscara sus propias genealogías. La experiencia comenzó el 25 de julio de 2025 a las 19 h, en una sala recogida. Micha Stella, inició una meditación que conectaba la respiración con una vagina queer, presente en todxs lxs asistentes. Ambas abrimos una veta de sentidos para extraer lo que el colonialismo y el capitalismo habían enterrado: los lenguajes del cuidado, el placer y la transmutación. La sonrisa de la Diosa.

Al finalizar la meditación, Micha les invitó a mirar por la ventana de la sala: afuera, en el punto intermedio entre dos lagos, yo les esperaba. Me vieron ataviada como chamana, con instrumentos mágicos aprehendidos con mis maestros nahuales: los ayoyotes en los tobillos, un sombrero bordado de Oaxaca, el popozcomitl.
A esta iconografía añadí, como maga anarquista y en la hibridación posmoderna, el ektara/gopichand, instrumento consagrado al femenino oscuro en tradiciones africanas y asiáticas.
Desde el parque toqué la concha marina ritual para convocarles: el llamado de los cuerpos hacia el afuera.

El público descendió y recibió la consigna: iniciar un recorrido íntimo y sensorial por el parque de Malzfabrik, un circuito en forma de ∞ entre dos lagos. En la magaturgia, propusimos un deambular performativo.
Allí había dispuesto un montaje de Land Art: 44 cartas de gran formato representaban a las diosas germánicas y nórdicas, cada una acompañada por un mensaje, una invocación o una pregunta.
El itinerario comenzaba con Freyja, diosa del viernes (y aquel día era viernes), con la pregunta inaugural:

“¿Cuál es el deseo secreto de tu corazón?”

Las cartas se desplegaban como un mapa oracular, un espacio de deriva y simpoiesis. Los participantes las recorrieron de manera libre, meditativa, guiados por su intuición, para reencontrar los gestos antiguos del saber corporal y colectivo.

Tras una hora de deambular, leer e interactuar con el entorno, nos reunimos en círculo.
Saqué la lana rosa de Frigg, con la que tejimos juntxs, haciendo nudos que invocaban el vínculo, la paciencia y el hogar.
Comimos arándanos, saboreamos miel, y cerramos el rito con un tejido colectivo en honor a Frigg, la diosa que protege lo doméstico, lo lunar y lo invisible.

En el círculo de la palabra, lxs asistentes compartieron su experiencia: dentro del marco del Festival —que explora las sexualidades contemporáneas—, manifestaron haber sentido una conexión profunda con lo erótico desde la intracción, no desde la representación.
Coincidieron en que lo simpoiético y queer también decoloniza y ecofeminiza la sexualidad, al desplazarla de la dualidad macho–hembra y devolverla a un territorio más holístico, donde la penetración deja de ser sinónimo de sexualidad.
Allí, lo sensual, lo poético, lo epidérmico y lo espiritual se entrelazan como caminos legítimos del deseo: una sexualidad sagrada, desjerarquizada y plural, capaz de vincular el cuerpo con la tierra y el cosmos.

Tarot HIDROPOÉTICO

La hidropoiesis puede entenderse como la capacidad del agua de generar formas, sentidos y estados de conciencia. Además del principio físico, opera una función simbólica y poética mediante la cual el agua actúa como matriz de transformación. Desde esta perspectiva, el agua es un agente que modela la percepción, disuelve las estructuras rígidas del yo y favorece la emergencia de configuraciones psíquicas más fluidas. Como señaló Gaston Bachelard, el agua es el elemento de la imaginación profunda: refleja la realidad, la interioriza y la transmuta en experiencia sensible. La hidropoiesis nombra, así, este proceso de generación simbólica en el que el agua deviene origen de imágenes, afectos y conocimientos.

En el contexto de un Tarot Hidropoético, la hidropoiesis constituye el principio interpretativo fundamental. Cada arcano se presenta como una condensación momentánea de flujos, corrientes y estados de transición. La lectura escucha las modulaciones del inconsciente en su estado líquido, en consonancia con la concepción de los arquetipos como formas dinámicas. Interpretar este tarot entra en resonancia con el símbolo, permitiendo que su sentido emerja como una corriente que atraviesa simultáneamente el cuerpo, la memoria y el territorio.

Desde las epistemologías ecofeministas contemporáneas, el agua también ha sido reconocida como una condición ontológica compartida. La filósofa Astrida Neimanis propone comprender los cuerpos como “cuerpos de agua”, atravesados por ciclos hidrológicos que desbordan los límites individuales. El Tarot Hidropoético se inscribe en esta ontología relacional: sus imágenes representan estados de interconexión y tránsito. La hidropoiesis se manifiesta entonces como una práctica de escucha y co-creación, en la que la interpretación acompaña el devenir del símbolo.

Leer un Tarot Hidropoético es, en última instancia, un acto de inmersión. El intérprete, como expresaría Karen Barad, intracciona y entra en el mismo campo fluido donde las imágenes se forman y se disuelven. En este espacio liminal, el conocimiento se presenta como corriente: algo que se siente antes de nombrarse, que se transforma al ser habitado y que, como el agua, nunca permanece idéntico a sí mismo. La hidropoiesis revela así el tarot como un instrumento de mediación entre lo visible y lo invisible, entre la forma y su disolución, entre la identidad y su continuo devenir.

Arte menstrual.

Manuscritos ritualizados

Los manuscritos ritualizados escritos con sangre menstrual constituyen una práctica liminal donde escritura, cuerpo y materia vital convergen en un mismo acto de inscripción. Más allá de su dimensión biológica, la sangre menstrual ha sido históricamente cargada de significados simbólicos vinculados tanto a la exclusión como al poder generativo. La antropóloga Mary Douglas señaló que las sustancias corporales consideradas “impuras” en muchas culturas son, en realidad, portadoras de una intensa potencia simbólica, precisamente porque desestabilizan las categorías normativas. Escribir con sangre menstrual implica, en este sentido, una inversión de esa lógica: lo que fue relegado al silencio deviene medio de conocimiento, memoria y afirmación.

Desde las perspectivas feministas y decoloniales, esta práctica puede entenderse como un gesto de reinscripción del cuerpo en el campo de la cultura. La filósofa Julia Kristeva vinculó la sangre menstrual con lo semiótico, un territorio previo al lenguaje estructurado donde emergen las pulsiones, los ritmos y las fuerzas que sostienen la subjetividad. El manuscrito ritualizado, además de un texto, es una huella material de esta dimensión prediscursiva: un umbral donde la escritura deja de ser abstracción para convertirse en vestigio encarnado. En diálogo con autoras como Gloria Anzaldúa, estos gestos pueden leerse también como actos de soberanía simbólica, que recuperan el cuerpo como territorio de conocimiento frente a las epistemologías que lo han negado.

En definitiva, los manuscritos escritos con sangre menstrual trascienden el ámbito de lo íntimo y operan como dispositivos rituales que reconfiguran la relación entre materia y significado. En ellos, la escritura no representa la vida: procede de ella. Cada signo deviene un acto de presencia, una afirmación de continuidad entre cuerpo, lenguaje y mundo.