Una holonovela es una forma narrativa que se estructura como un holón, es decir, una unidad que es simultáneamente un todo en sí misma y parte de un todo mayor. El término combina holos (ὅλος, “totalidad”) y novela, y remite a una concepción no lineal, relacional y multidimensional de la narración. El concepto de holón fue desarrollado por el pensador Arthur Koestler para describir entidades que existen en múltiples niveles de organización, y ha sido posteriormente adoptado por teorías de sistemas, epistemologías complejas y prácticas artísticas contemporáneas. Aplicada a la escritura, la holonovela rompe con la estructura clásica de inicio, desarrollo y desenlace, y propone en su lugar una arquitectura fractal, rizomática o constelar. Cada fragmento narrativo contiene la totalidad del sentido, al tiempo que se vincula con otros fragmentos en una red de correspondencias simbólicas. No existe un único centro ni una única dirección temporal: el relato puede ser habitado desde múltiples puntos de entrada, como un campo de resonancias más que como una secuencia cerrada.

En una holonovela, el tiempo suele concebirse como no lineal, y la identidad de los personajes como porosa y mutable. Las voces narrativas pueden entrelazarse, desplazarse o superponerse, y la frontera entre memoria, sueño, mito y experiencia se vuelve permeable. Este enfoque dialoga con formas de conocimiento que privilegian la interconexión, en sintonía con el pensamiento complejo desarrollado por Edgar Morin, quien subrayó la necesidad de comprender los fenómenos como totalidades dinámicas e interdependientes.

Más que contar una historia, la holonovela genera un campo de experiencia. El lector no avanza hacia un final predeterminado, sino que participa en un proceso de descubrimiento en el que el sentido emerge de las relaciones entre los elementos. En este sentido, la holonovela trasciende el formato narrativo y deviene una epistemología: una forma de pensar y de percibir el mundo como una totalidad viva y dinámica.